Hay puertas que se cierran, ajenas e indiferentes;
que se nutren de los golpes desesperados de las gentes.
Finamente ornamentadas al deleite de entendidos,
que abren paso al soberbio y dejan fuera al desvalido.
Hay puertas que se abren de par en par a las pasiones,
no escatiman en salacidad y gustan pugnas del derecho.
Su cedro y su caoba gozan de espíritu maltrecho,
que luego, al cerrarse cobran caro las acciones.
Entre puertas tan cambiantes encontré dintel de acero,
a su entrada me dispuse y el cansancio me absorbía.
Cruzando aquel umbral di un paso certero,
sin saber que era el inicio de algo grande que venía.
¡Grande eres, puerta mía! Y te bajas a acogerme.
Marco firme al que regreso en caso yo llegue a perderme.
Y conmigo ya van otros después de haber tocado puertas,
después de haber notado que sin ti son almas muertas.
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