Es fácil amar a la humanidad sin darle rostro cercano,
conmoverse con el dolor y lo punzante de las penas;
dar ánimos a distancia sin palpar ni una mano,
lamentarse por la sangre sin siquiera ver las venas.
Es más fácil dar monedas o billetes a mansalva,
que tocar la puerta al otro y curarle las heridas.
Procurar ser el vasallo que al pobre hermano salva,
le resulta tan renuente a las almas ateridas.
Las cruces del prójimo nos producen miopía,
a menudo pagamos cuotas para ser indiferentes.
El mundo hoy adula la yerta filantropía,
pues conviene acariciarle los dobleces a las mentes.
El espejo del que sufre tanto inhibe al ser vacío,
que se roza, se confunde, dice "ese rostro no es mío".
Cuando luego ve que duele el mundo en su misma piel,
ahí descubre, casi inerte, el sabor de propia hiel.
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