Mi sol se pone y acaba mi día,
no me pregunta si estoy lista para el final
ni mi respuesta esperaría en caso se digne a preguntar.
Como árboles esperan mis sueños el ocaso,
mientras las sombras de mis anhelos crean un mágico espectáculo.
Ahí, de pie, mi yo arbóreo es devorado por la oscuridad,
consumido ingratamente por la ausencia del sol al que me quise aferrar.
Mi sol se despide y con él mi superficial felicidad, con él se va la luz que tozudamente me propuse acaparar.
Y a su muerte, el día, tiñe el cielo de agonía,
con el manto sanguinolento que se lleva los verdores.
Sin embargo existe la promesa cual harían los amores,
de esperar un sol eterno cuando yazcan los dolores.
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