martes, 14 de noviembre de 2017

Epístolas al viento

Te soñé desde hace años y en el fondo de mi corazón albergaba el deseo de conocerte lo más pronto posible, aun sabiendo que no sería nada fácil construir el ambiente propicio para recibirte. Sabía que tenía tiempo para esperarte, tiempo para encontrar a alguien que también te esté esperando con las mismas fuerzas que yo, y esas fuerzas equivalían a predisposición, perseverancia y sacrificio. Quería regalarte lo mejor de mí, instalarte en un hogar cuyos efluvios te hablen de Dios incluso antes de que empezaras a hablar, para que descubras por ti misma que fue Él quien dirigió a tu familia.
Prometí protegerte desde enterarme que crecías dentro de mí, cantarte las mejores canciones de mi repertorio, hablarte y leerte aquello que me ayudó a ser mejor persona.
Te soñé como una niña hermosa que sujetara con sus cálidas manitas mis falanges, traspasándome la magia de la vida en cada suspiro y convirtiendo mis penurias anteriores en delicias presentes, mis lágrimas de terror en cascadas de gozo que dieran música a mis oraciones nocturnas. Le pedía a Dios que nuestra familia sea luz de su amor para el mundo, capaz de enmudecer a los incrédulos que verían en nosotros, seres imperfectos y frágiles, una dicha en el alma que nos moviera a actuar heroicamente frente a las adversidades. Iba a mostrarte que no existe ya paraíso en la tierra, que acá hay mucho dolor y que el sufrimiento es una constante de la que no podemos escapar, y sin embargo te enseñaría que en medio del dolor podemos sembrar esperanza y cosechar felicidad.
Puedo verte ahora en cualquier momento que me provoque. Puedo besar tus pequeñas manos mientras escucho tu sonora risita. Has crecido alimentándote de mi incesante imaginación desde el día que descubrí que ya no había tiempo para esperar por ti, ni por alguien que espere conmigo; cuando descubrí que aunque hubiera tiempo, ya te convertías en paladina imposibilidad. Comenzaste a existir desde que supe que no te harías realidad. Y aunque tu existencia sea juego de mi mente en momentos de sequía, envuelta en un pasmado deseo de dar vida, me haces amar mi alma con el ímpetu y la dulzura de mi naturaleza femenina. 
Sí, puede que seas la hija que nunca tuve, pero eres también la inexistencia que subrepticiamente siempre amaré.


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