sábado, 4 de noviembre de 2017

Hola, esto siento

Voy a presentarme desde uno de mis ángulos arcanos, pidiendo disculpas por compartir características salpicadas de remilgos.
Una parte de mí abraza el drama de la vida con vehemencias ridículas, no porque todos los dramas de la vida sean igualmente ridículos, sino porque poseo un talante que transforma situaciones medianamente desventuradas en marejadas aciagas.
Tengo una sensibilidad veleidosa, interina, que aparece cuando enciendo el interruptor de mis cavilaciones pero no se va cuando lo apago. Perfora las durezas de mi alma ayudándome a purificarla, pero también debilita mis escasos recursos de protección emocional.
Guardo una fragilidad que acaricio con ternura, puliéndola cada noche con el esmeril de mis recuerdos bellos y tenebrosos; la guardo bajo capas de miedo y valentía, antípodas cuestiones que equilibran mi tan humana complejidad.
La melancolía llega a azotarme con crudeza y sin embargo es también esa melancolía mi acicate, mi perenne compañera de esas que, al notar la imposibilidad de su destierro, le improvisas una cómoda posada. Ese remedio amargo que te prescriben de por vida sabiendo que no te curará, pero sin el que ni siquiera te quedaría vida para transitar. Con esto no quiero decir que la murria marchite mis brotes de alegría; mis estallidos de gozo tienen la suculencia de un manjar exótico y nutritivo que mi alma digiere con la constancia de un comensal privilegiado. Mis sentidos y mis sentimientos lacerantes no siempre logran vencer mi voluntad, sus batallas están perdidas cuando busco estar en sintonía con el Espíritu que invoco desde lo alto, pasando por la cruz que unió lo humano y lo divino. Así paso mis días en el depósito de mi mundo interior, merodeando por tortuosos caminos de dudas y convicciones, con el aguijón de un dolor que se disputa su causa entre el capricho y la injusticia.
Sonrío de corazón, tengo una serenidad que contrasta con nebulosas de desespero sin dejar de ser genuina. La felicidad que vive en mí sobrepasa mis penas, mis flaquezas y nostalgias, las acepta con candorosa comprensión evitando el execrable victimismo.
Me avergüenza sentir lo que siento cuando mi vulnerabilidad agiganta lo inane. Mis deseos caen al vacío con un dolor que grita en solitario. Mi problemática asimilación de eventos boga por unos oídos atentos a escucharme, pero luego dimite acobardada por temor a caer en oídos equivocados o simplemente por mi incapacidad de exteriorizar en conversación lo que fluye en mi mente sin palabras definidas.
Tengo la armadura del hermetismo en ristre, siempre estoy dispuesta consciente o inconscientemente a las luchas emotivas de las que obtengo pírricas victorias o sublimes derrotas. Pero lo bello de los sentimientos es que tenemos la capacidad de no dejarlos a la deriva, sino gobernarlos con la silente heroicidad de las virtudes, y mientras busco encontrar o reforzar las mías, voy caminando de la mano de quien me regaló todo este bello mundo que se llama vida.

No hay comentarios: