Ella lo mira, lo admira, le sigue los dedos ligeros transitando por los dientes melodiosos de tan majestuoso instrumento musical. Piensa que ninguna magia puede compararse con aquella que transforma el sentimiento y la pasión en armonías sonoras, mudas de palabras pero con la terrible facundia de la emoción. De pronto sus ojos fueron subiendo de sus dedos a sus brazos, tensas y ondulantes tenazas que de abrazarla en ese instante se convertirían en su gustosa prisión.
*
En el pecho del artista le salta el corazón emocionado con su propio talento. Guarda asuntos inconclusos en el alma que prefiere desfogar haciendo gala de su don. La constancia en su empeño le ratifica la tímida vanidad que sonroja sus orejas al saberse mirado, admirado por todos... Y sin saberlo, también por ella.
*
De sus brazos pasa a sus hombros pimpantes, los ve como cerros vulnerables al terremoto del compás. Y como víctima de ese mismo compás, ella decide que es momento de romper los límites del decoro. Enternecida se levanta de su asiento y avanza hacia el pianista con cimbreante garbo de gacela, jugando con la música como lo hacían otras personas alrededor. A diferencia de esos otros, ella no es una casual espectadora que solo goza de la música. Para ella la mejor melodía es él. Por su porte de intelectual estancado en tiempos remotos, por la belleza neutra de sus facciones que susurran auténtica virilidad y por sus ojos profundos escondidos tras los cristales pretenciosos. Era él el causante de sus pletóricas fascinaciones.
Ahora ya está cerca del artista que le robó el corazón los últimos meses, cuando entre ensayos y recitales habían hablado de la sustancia del vivir como arte y del vivir para el arte. Tiene muy presente que él no es como los gaznápiros que acostumbran cortejar a las chicas de su edad con requiebros vomitivos, ni es uno de esos disipados que se codean con las vulgaridades a la orden del día.
*
Una ráfaga de curiosidad invade la concentración del pianista, quien de soslayo vislumbra la imagen femenina que se aproxima a él surcando la multitud. No demora en asociar las características de su admiradora con la mujer que había conocido hacía meses atrás.
El cerebro le dicta las notas que sus dedos ya memorizaron desde antes, por eso sin romper la melodía se da el lujo de recordar cómo es que la había conocido. Rememora la asamblea en la escuela de música que reunió a niños y jóvenes deseosos de aprender a tocar el instrumento de su preferencia. Recuerda a una joven con el cabello semirecogido inscribiéndose a clases de guitarra. Recuerda a la misma joven infiltrándose furtivamente en el salón donde él cumplía su turno como ayudante del profesor de piano, un anciano muy apreciado por su talento con las teclas, al que le costaba hacerse entender aunque amaba instruir a nuevas generaciones.
***
—Espera, no te vayas —le había dicho cuando ella se vio descubierta en una de sus inspecciones, cuando ya había finalizado la clase, y se disponía a salir—. No es la primera vez que te veo por acá. Estás en guitarra ¿verdad? —le preguntó disimulando su trémula voz.
—Sí, disculpe. No sabía que estaba prohibido entrar a otros salones.
—No lo está —mintió él con dulce condescendencia—, no para quienes realmente aprecian todo esto. ¿Tú lo aprecias?
Ella había soltado una risa seca que la avergonzó, pero luego adoptó una postura de suficiencia.
—Aprecio todo lo bueno, y para apreciarlo primero busco conocerlo.
—Muy lógico —le dijo y estiró la mano con jovial cordialidad—. Soy Daniel, segundo profesor de piano.
—Yo soy Verónica. Disculpe el atrevimiento de entrar así.
Correspondió al saludo con un tenue apretón de manos.
—No hay problema, es bueno saber que tengo público. Las clases están reservadas a los alumnos, pero si gustas puedes acompañarnos en los ensayos. ¿Sabes que hacemos recitales dos veces al mes?
—Por supuesto. Me gustaría asistir a todos, pero no siempre tengo tiempo. ¿De verdad puedo estar en los ensayos?
—Puedo hacer una excepción contigo.
Las palabras de Daniel rezumaban más caballerosidad que galantería. Su timbre de voz tenía el vibrato de la timidez, y sin embargo no se le notaba apocado. Verónica casi se sintió importante, pero bloqueó ese sentimiento para darle paso a la explicación de la cortesía.
—Gracias por tenerme en cuenta, pero no quisiera meterte en problemas.
—No lo harás, en serio. Si te animas te espero el jueves a las cinco.
—Espero estar libre para entonces. La música no es mi única ocupación. Tengo cosas más importantes.
Cuando Verónica reparó en su última frase, se asustó por la interpretación que podía darse a sus palabras. Su impertinencia la desencajó y no supo si la sonrisa de Daniel era una cálida muestra de comprensión, una resignación benigna o un dique del resentimiento.
—Disculpa, quise decir que también tengo otras obligaciones.
—Me imagino que sí, como todos. Tranquila. Entonces queda pendiente. Un gusto conocerte, Verónica.
—Claro, igualmente.
Por supuesto que fue a ese ensayo, en parte porque se sintió avergonzada por la manera en que se habían conocido y quería asegurarse que Daniel no haya quedado con una impresión equivocada, pero luego de ese fue a muchos más.
Después de los ensayos caminaban de regreso juntos a casa de Verónica, anegados en conversaciones que se confundían con debates melosos acerca de la vida. Conversar con Daniel era para ella como el estímulo que inconscientemente buscaba desde siempre para despertar sus reflexiones más elevadas. No acostumbraba plantearse interrogantes que expliquen el origen de su pensamiento para luego prefigurar sus acciones o encaminar sus emociones. Daniel, por el contrario, parecía tenerlo todo en orden, junto a unos principios sólidos que le marcaran la pauta de una vida sustancial. Al hablar, empezaba con retraimiento, casi silabeando las palabras, pensando en la siguiente frase sin haber terminado la anterior, luego se desmarcaba en circunloquios timoratos y por fin llegaba a disertar con aplomo embelesante. Esta metamorfosis retórica que lo llevaba de la timidez a la autosuficiencia podía ser desconcertante para muchos, pero a Verónica le resultó una novedad diamantina.
¿Quién era ella si no una impostora? ¿Era una falsa amante de la música? Había crecido con la facilidad de obtener todo lo que quería, pero nunca supo si lo que quería eran necesidades o deseos. Se supone que lo que buscamos en la vida es una combinación de ambos, pero le faltaba un ingrediente que la interpeló con brusquedad cuando ya se despedía de la adolescencia: la aspiración. ¿A qué aspiraba? La única meta que recordaba haberse trazado, casi por presión temporal, y a la que entregaba sus días en estudio, era la de graduarse de economista y trabajar para darse los gustos que se le antojaran, puesto que el dinero, digan lo que digan, era la verdadera llave de la felicidad. Sin embargo a mitad de carrera universitaria creyó que era momento de experimentar con “vicios saludables”, así llamó a todo lo que se hacía por diversión o pasatiempo y que en el mundo real carecía de valor crematístico, pero que no ponía en riesgo la salud ni la consciencia. Dentro de este grupo de "vicios" consideró como tal a la música.
Sabía que el arte en general era la sublime expresión de los ideales humanos, y por más que el discurso artístico le importaba poco más que nada, no pudo evitar interesarse por los recreativos arpegios de una guitarra. Fue así como se inscribió a esas clases y descubrió su gusto por la música, tan superficial al inicio que su motivación casi se reducía a pasar más tiempo fuera de casa. Pero entonces, un día, reparó en la acústica que se desprendía del salón contiguo al suyo y se le dio por explorar el origen del sonido. Sí, era fácil darse cuenta que se trataba de un piano, pero lo que se le hizo difícil fue explicarse lo que empezó a sentir desde ese día.
En algún rincón del corazón reposa una fuerza que solo se activa cuando encuentra su contraparte y lo hace latir con ansias desconocidas. Albergamos durezas que se ablandan con el ligero contacto de lo que ignorábamos, con la cercanía de lo que siempre creímos lejano o con la contemplación de lo que siempre nos resistimos a contemplar. Verónica, al espiar en repetidas ocasiones esas clases que no eran las suyas, solo tuvo una curiosidad melódica que al verse descubierta, la puso frente a una nueva curiosidad, complementaria y mucho más integral.
Daniel, entre su tan metódico plan de vida y su augusta sensibilidad, encontró en Verónica un enigma que atrajo su atención desde la primera vez que la vio, porque entre todos los alumnos que llegaban, era la única que mostraba desinterés al inscribirse en algo que supuestamente tendría que amar. Intentó buscar respuestas a su aparente apatía escudriñándola, pero se perdió en sus ojos pardos de contenida vivacidad y rebosante intriga, en el arco de sus finas cejas que se movían con sus labios cuando dibujaba muecas de fastidio o atención; y en su rostro alargado que refinaba al resto de su cuerpo. No sabía el nombre de esa chica ni le recordaba a nadie en especial, tampoco le pareció la mujer más hermosa que se cruzó en su vida, pero por unos minutos pensó que podía amar a alguien como ella.
Como a veces ocurre con nuestros gustos caprichosos, hubiera pasado desapercibida para él después de encandilarle brevemente, si no la descubría escuchando sus clases a modo clandestino. Fue ese encuentro fortuito el que reactivó la fascinación primaria que Verónica le causó. Gustoso se dispuso a resolver el enigma detrás de la mujer que, conforme aumentaban sus encuentros, le parecía cada vez más bella. Sin embargo consideró un ruido que resonaba en el aire. “La música no es mi única ocupación. Tengo cosas más importantes”, había dicho ella. Entendió que lo que para él era vida y aire, para ella era un aditivo prescindible.
Cuando la confianza entre ellos fue creciendo, intentó explicarle lo que significaba la música para él. Rebuscó las maneras de contarle cómo ese arte que le salvó de la soledad era la analogía de su propia existencia. El piano era el soberano destino del que Dios, en su magnificencia, se valía para darle la oportunidad de tocar al mismo tiempo el poder y la miseria. A veces se creía rey y tenía el descaro de vanagloriarse de su talento, y a veces se sentía lacayo de cualquiera que use de ese talento para sus propios goces. Tenía en sus dedos la magia de armonizar teclas blancas y negras, como la vida armoniza las tristezas y las alegrías dando la mejor pieza -quien tenga oídos que oiga-, mas luego recordaba que pasiones como la suya son valoradas por momentos para después ser desdeñadas en el mundo mercantil. Verónica había expresado esa realidad y no la culpaba. Ella tenía razón en buscar otras ocupaciones.
Un día Daniel supo que su interés por Verónica llegó a un punto sin retorno. Era hora de desprenderse de la enigmática mujer que lo atrapó antes que pudiera notar que dentro de su plantilla de vida no había lugar para un romance real y compartido entre dos. En su ordenada filosofía se permitía buscar el amor pero nunca encontrarlo, mucho menos aferrarse a alguien tan diferente, que de seguro valoraría mejor lo que otros podían ofrecerle en lugar de acompañar a un hombre enraizado en una aburrida combinación de sueños errantes y dulce monotonía.
—Voy a dejar de trabajar en la escuela de música— le dijo fríamente la última vez que la acompañó a su casa.
La perplejidad de la joven se mezcló con una sonrisa incrédula. Esperó que Daniel la mirara para explicarle con detalles la noticia que acababa de lanzar, pero él mantuvo la mirada gacha.
—¿Y eso, por qué?
—Buscaré un empleo diferente, tengo experiencia en cosas que ni te imaginas. Voy a juntar dinero e iré a probar suerte fuera del país. Verás, tengo planes más allá de la música que nunca quise compartir contigo, disculpa.
Ni siquiera sabía lo que decía, solo probó un escape que a la vez le muestre la postura que tomaría Verónica frente a la novedad. Se entristeció un poco al ver que sus ojos brillaron de emoción.
—¡Eso es increíble! De seguro serás bueno en todo lo que te propongas. Deberías confiar más en mí, yo puedo ayudarte si gustas.
Verónica percibió que algo andaba mal y no quiso complicarlo con preguntas incómodas, prefirió alentarlo en su decisión aunque le dolía imaginarlo haciendo algo diferente.
—No te preocupes, puedo arreglármelas solo.
—Si necesitas trabajo o algo, de verdad puedo ayudarte. Mi papá puede...
—Te lo agradezco. Solo gracias. —Daniel la silenció colocando sus dedos sobre los labios de ella, y al hacer ese gesto se acercó hasta que sus frentes chocaron. Cerró los ojos y luego de un suspiro, agregó —: Te voy a extrañar, Verito.
Se alejó con una sonrisa sincera. Algo cambió en sus ojos, algo que ni los lentes pudieron disimular.
—¡Espera! —gritó Verónica imperativamente—. Si no vas a ser sincero conmigo al menos dime si merezco esa actitud. ¿Hice algo malo?
—Temo que lo hagas.
—¿Cómo así? No te entiendo.
—Digamos que lejos de mí puedes continuar haciendo todo bien. Quédate con lo bueno, si pudiste encontrar algo bueno, pero no te engañes buscando algo que no quieres encontrar.
—¿Cómo sabes que no lo quiero encontrar?
—Porque yo hubiera preferido nunca encontrarte.
***
Bastaron tres semanas lejos de él para convencerse que sus necesidades, deseos y aspiraciones tomaron forma humana. Él se había convertido en la analogía de su existencia. Lo que era la música para él, era él para ella. Por eso lo buscó hasta encontrarlo aquí, para ubicar en el pentagrama los bemoles de su última conversación y saber si compondrían juntos un melifluo adagio o un horrísono barullo.
No le importa ser ignorada, no le importa ser ocasión de mofa si en su arriesgada pretensión él la abandona como aquella vez con más preguntas que respuestas. Le había costado localizarlo luego que desapareció y no puede permitir que vuelva a desvanecerse. Tiene que hablarle sin importar el público, sin darle opción a esquivar la conversación que nunca tuvieron.
*
Él la mira, la admira, ya no puede recordarla más porque el recuerdo es para quienes olvidan y él nunca dejó de pensarla. Aprieta las teclas con agresividad en el paroxismo del crescendo, consciente de la cercanía con la joven de cabello semirecogido que pensó no ver nunca más. Su vida parecía vacía hasta este instante, como si hubiera esperado por años que alguien le sorprenda hasta desarmarlo en su propio juego. Se resguarda en los acordes que le faltan para terminar su presentación, sin saber lo que pasará cuando los aplausos irrumpan al final y tenga que estar frente a frente con Verónica. Ve que se acerca sin comedimientos, y esta vez no solo se pierde en sus ojos pardos, sus cejas, sus labios y su rostro alargado; si no que también lamenta no haber descubierto antes que verdaderamente es la mujer más hermosa que se cruzó su vida. Es la mujer más hermosa del mundo.
*
Ella circunda el piano hasta ubicarse a espaldas de Daniel. Él termina de tocar y ella no sabe si finalizó la pieza o la cortó de improviso por su presencia. Se inclina y lo abraza. Hace reposar su mentón en el cuello de él y suelta las palabras con los ojos cerrados, para fingir que están solos.
—Si no quieres volver a verme voy a entenderlo. Si de verdad prefieres no haberme encontrado, me perderé de tu vida para siempre. Pero si solo estás huyendo, déjame huir contigo. No estoy buscando nada que no quiera encontrar, como dijiste. Te encontré a ti sin buscarte y lo único que busco ahora es no alejarme de tu lado.
Daniel está desarmado. Se quebró desde la primera palabra. Sus manos heladas buscan el contacto con las de Verónica que aún lo abraza a sus espaldas. La gente aplaude eufóricamente, y él, sin levantarse de su asiento, agradece con un movimiento de cabeza.
Gira un poco para mirarla, despega el cruce de sus brazos en su pecho y le besa las manos con fruición.
—No merezco una musa como tú. —Se pone de pie sin soltarle las manos. La mira a los ojos con una profundidad que busca tocarle el mismo corazón. —Y justamente por no merecerte te pido que nunca te alejes de mí. Los desgraciados como yo solo vivimos por la fuerza de mujeres que nos hacen mejores. Yo recién lo supe.
Ríe con infantil satisfacción sin ocultar su nerviosismo. Está decidido a mostrarse vulnerable frente a ella, la única que vale para él más que la música y cien pianos. Verónica suelta también una risa cómplice que se funde con los inacabables aplausos. Y cae en sollozos inexplicables buscando refugio en su pecho.
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